Voltios mas, voltios menos…

En julio de 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un conocido experimento en el que intentaba medir hasta dónde llega la obediencia a la autoridad cuando se enfrenta a la conciencia personal. Los resultados…son jodidos.
La banalidad del mal

Contexto: los experimentos de Milgram empiezan tres meses después del inicio del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalem, que acabó condenado por crímenes contra la Humanidad. Eichmann fue un alto funcionario responsable de los transportes de millones de personas a los campos de exterminio. Durante el juicio no paró de repetir que él solo cumplía órdenes de la manera más competente posible, no era más que una pieza en el engranaje. La escritora Hannah Arendt publicó un famoso libro en el que explicaba el juicio y se acercaba a la figura de Eichmann. Descubrió a un oscuro funcionario sin ideas antisemitas que solo quería ascender en su carrera profesional y, para ello, cumplía con todo lo que se le pedía sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. Lo describió, en una célebre expresión, como la “banalidad del mal”.

El juicio de Eichmann, en Jerusalem. La inspiración...
El juicio de Eichmann, en Jerusalem. La inspiración…

Milgram quiso ver si, en una sociedad como la norteamericana y en un contexto normal, muy alejado de lo que pudo suponer el adoctrinamiento nazi, unos individuos corrientes se comportarían de manera similar en respuesta a órdenes emanadas de una autoridad. En diferentes sesiones seleccionó a hombres y mujeres voluntarios de entre 20 y 50 años, de diferente condición social, que creyeron que se presentaban a unos experimentos sobre el aprendizaje. Bajo la supervisión de unos doctores y tras un sorteo, uno sería el maestro y otro el alumno. El maestro recita pares de palabras que luego el alumno debía memorizar. Se colocaba al alumno en una especie de silla eléctrica y recibiría descargas eléctricas por cada respuesta errónea. Se pretendía así estudiar el efecto del castigo en el aprendizaje. Se les asegura a los dos que las descargas podrían ser dolorosas (ambos prueban una de 45 voltios) pero que no dejarían daños permanentes. Las descargas, aplicadas por el maestro, irían subiendo de intensidad. Se comenzaría por unas leves de 15 voltios que irán en aumento, hasta el límite de 450 voltios, en cuyo interruptor el maestro puede leer “peligro: descarga severa”.

“El experimento requiere que continúe”

El experimentador y el maestro se sitúan en una habitación contigua al alumno y empieza la prueba. Los primeros fallos suponen descargas leves pero conforme avanza el experimento el alumno comete cada vez más errores y las descargas aumentan en intensidad. A los 75 voltios empiezan las quejas. A los 120 el alumno empieza a gritar. El experimentador anima al maestro a continuar. Se sube a 135 y luego a 150. Los gritos y llantos del alumno son ya estremecedores. A los 180 voltios suplica el final de su tortura, no puede soportar el dolor y no quiere continuar. El maestro duda, pero el experimentador le empuja a que siga. A los 270 voltios el alumno agoniza y a partir de los 300 ya solo se escuchan estertores, es incapaz de contestar a las preguntas.

Durante el proceso los maestros flaquean, quieren abandonar ante la crueldad del experimento, angustiados ante el enorme daño que están causando cada vez que pulsan el botón. Pero el experimentador, impasible, les anima a seguir. “Por favor, continúe“. Si sigue dudando utiliza la siguiente frase: “El experimento requiere que continúe“. Después: “Es absolutamente esencial que continúe” y por último: “No tiene elección. Debe continuar“.

Encuestas previas a la prueba habían predicho un promedio de descarga máxima de 130 voltios y un promedio de obediencia a esas últimas descargas del 0%. La realidad superó todas las expectativas de Milgram: el 62% de los maestros llegaron a los 450 voltios, aunque a partir de 300 el alumno ya no daba señales de vida. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios. Un resultado que es una verdadera descarga eléctrica para nuestra conciencia ¿no?

El maestro no sabía que el verdadero sujeto del experimento no era el alumno y su capacidad de aprendizaje bajo castigo, sino él mismo y su capacidad de torturar a un semejante siguiendo órdenes de la ‘autoridad competente’. El sorteo estaba trucado y el alumno era un actor, las descargas falsas y los gritos de dolor y agonía unas grabaciones. Pero todo eso era real para el maestro cada vez que apretaba un botón. Eran conscientes del daño que causaban. Cuando, al finalizar el experimento, se les preguntaba por el grado de dolor que pensaban que había sufrido el alumno, la respuesta media fue de 13 sobre 14.

El mentor de la curiosa experiencia
El mentor de la curiosa experiencia

¿Por qué?

Milgram y su equipo no habían seleccionado psicópatas sin escrúpulos, sino a gente como ustedes o como yo. Esa gente sufría ante el dolor del alumno, dudaba, se angustiaba. Entonces, ¿qué mecanismos les llevaban a seguir torturando?

Los investigadores llegaron a la conclusión de que los sujetos del experimento cayeron en lo que denominaron “estado de agente”. El sujeto no se ve como un ser individual con responsabilidad y conciencia propias sino como una mera máquina ejecutora de las decisiones de la autoridad. El investigador ‘disfrazado’ con su bata y en su laboratorio es la autoridad reconocida y legítima, así que a partir de ahí son los únicos responsables de mis actos. La culpa fue de Hitler, Himmler y los demás mandatarios, que diría Eichman.

Otro mecanismo psicológico interesante que se daba en muchos de los torturadores que llegaban hasta el final era culpar a las víctimas. Si eran tan burros como para fallar tantas preguntas y tan fáciles, no eran inocentes, merecían el castigo. Así descargaban su responsabilidad a la vez que se preservaba su sentido de la justicia: cada uno recibe lo que se merece. Si los alumnos hubieran contestado bien a las preguntas, o sea, se hubieran comportado correctamente, no habrían sufrido ningún daño ya que ellos no se hubieran visto obligados a propinarles las descargas. Aquí hay que señalar que diversas variaciones del experimento probaron que el maestro con un contexto social más parecido al alumno detenía el experimento antes. El grado de lejanía con la víctima (su cosificación, como el caso de los judíos en Alemania) facilita al torturador una coartada para ignorar el sufrimiento que causa.

Me abstendré de relacionar los resultados de Milgram y los mecanismos de obediencia con la realidad política y económica actual, háganlo ustedes si les apetece. Aunque ese “Usted no tiene opción alguna. Debe continuar”, lo tengo yo muy oído últimamente.

 

El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficacia su tarea. Eso y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.

Eduardo Galeano
Días y noches de amor y de guerra

Tomado de la web www.miguelgarciavega.com

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